A veces me cuesta pensar en el futuro.
Generalmente pienso en lo inmediato, en lo que no pasa de un año. No
creo que muera antes, no se trata de eso, en todo caso se trata de la
dinámica de la vida en estos tiempos. ¿Cómo se complicó tanto la
existencia?
Suelo pensar que escribir será cada
vez más una práctica personal, algo para mi y acaso unos cuantos
lectores. El “triunfo” parece ser seguir existiendo.
Hay dos mundos claramente definidos
(otros más que se desdibujan en las mareas de la información): el
del optimismo oficial, el que nos promete una mejor vida con trabajo
y dedicación, aquel en donde “todo” se puede... Y aquel en donde
se perpetúa la miseria, en donde la gente desaparece, en donde se
siente el peso del poder; en este último mundo se heredan los roles,
la educación incinera la libertad.
En esta dualidad me pregunto: ¿cuánto
falta para que la cortina de la ignorancia caiga, y con ella la
realidad que concebimos? Un día quizá no sean importantes los
Premios, quizá un día no existan las editoriales, los periódicos
dejen de circular. ¿El apagón de la Internet? Hablamos de la
escasez de la comida y del agua, del cambio climático, de la
violencia generalizada, de las guerras. ¿Para qué debemos educar a
nuestros hijos? ¿Es funcional la escuela tradicional en estos
tiempos? ¿Cuánto durará esta simulación, esta desinformación
generalizada? Quizá una generación, quizá menos... Si es más,
seguirá triunfando el optimismo oficial y la fragmentación de la
realidad.
En este momento, todo se va resumiendo
al placer del instante, de las letras, una tras otra; a lo que dura
una canción, un orgasmo, una película sobre el fin del mundo o
sobre la exploración de otros mundos.
¿La exploración espacial llegará a
su fin? ¿Alcanzaremos planetas extrasolares? ¿Por qué es tan
encantador mirar el paisaje desolado de un cometa errante?
Sí, queremos fingir que todo va bien
para no sentir miedo, para no sentir dolor. Es mejor mirar paisajes
en la televisión (que ya no existen), escuchar las bromas bobas,
taparnos los ojos y los oídos a la crudeza. Quizá perdemos
demasiado tiempo en cosas que no valen la pena.
Las selvas, los bosques, mucho animales
y vegetales desaparecerán. Habrá quien quiera conservar el poder
siempre, a costa de cualquier cosa; también eso es terrorífico.
Guardo las imágenes de playas, de arrecifes, de espacios verdes como
tesoros. Mi memoria no tiene un botón de borrar, pero temo que el
olvido es gradual y constante.
Cuando leo: “Haz feliz a alguien.
Destapa la felicidad”, me da risa, me da optimismo, me da asco y
ganas de quemar un camión de Coca-Cola, para escándalo de mis
amigos conservadores, que dirán: la violencia no se combate con
violencia. Y si, pobre del camión, que sufrió de mi ira y de mi
desencanto. Perdón, pero a la chingada con su mercadeo
asistencialista.
Y ¿se hará más teatro, se escribirán
novelas de los nuevos tiempos, se hará ficción del pasado, se
escribirá música, se bailará trance, habrá charlas sobre la
vida de las estrellas?
La gente llora y no nos damos cuenta;
algunos gritan, lanzan rocas, otros escriben unas líneas, pero las
respuestas parecen vagas. Los perros y las personas mueren baleados,
y ¿qué vendo para sobrevivir la semana? Nos protegemos de las
bacterias, pero nuestras defensas mentales quedaron destruidas hace
tiempo.
