En más de 20 años que tengo dando clases en educación básica (secundaria), entre escuelas privadas y públicas, jamás me dijeron que leer pudiera ser algo inadecuado en el salón de clases. Leer es el fermento de las ideas, como mínimo. Quizá tenga los mismos 20 años de docente generando lectores, ¿cuántos?, uno o mil me parece un número muy sólido. Lo que a alguien puede parecerle extraño es que he impartido desde entonces materias del área de ciencias: física, química, biología, y cuando existía, introducción a la física y a la química; nada más lejano de la lógica: todos los espacios de nuestra existencia están involucrados de una u otra manera, con las palabras. Sin embargo, este texto no va en el tono del fomento a la lectura, sino en torno a la imposibilidad de desarrollarla en una de las escuelas en donde laboro.
Escribo desde la Secundaria General número 7, en la parte baja de Maneadero, con mis compañeros y compañeras lavando los baños, otros preparándose para la jornada nocturna, unos más planeando la estrategia para resistir, y es que vivimos en espacio que ni es de libertad académica, ni es armonioso, ni se presta para desarrollar plenamente las capacidades de nuestros alumnos. ¿Por qué escribo lo anterior? Porque es la primera escuela en donde se me prohíbe simple y llanamente, leer con mis alumnos. El argumento: no tiene relación con la química. Si quisiera decantar mis pruebas por la parte académica, los resultados son contundentes, el 90 por ciento de mis alumnos carecen de una adecuada comprensión lectora, y tengo la corazonada que, en cualquier escuela del país, ocurre lo mismo. También puedo debatir en torno a la comprensión de la realidad sin herramientas lectoras, o simplemente la distancia de los niños y adolescentes de la belleza de construir mundos fenomenales a partir de un libro.
¿Qué puede pasar por la cabeza de una directora para impedir el fomento de la lectura en las aulas? Esa es una señal que resulta demoledora: una persona que es incapaz de entender la importancia de la lectura, es incapaz también leer las necesidades de los individuos que esta sociedad pone a la cabeza en los términos de derechos y equidad; una persona a la que le resulta redundante la presencia de libros, es también alguien que no entiende una de las razones de la vida, que es el crecimiento y en entendimiento de lo que nos rodea; una persona incapaz de tener la sensibilidad para comprender las necesidades del otro, que maneja su propia existencia en una cuadrícula sin tonos y que pretende que las demás vidas se manejen así, que NO ES LECTORA, no puede dirigir una escuela.
En esta escuela, quizá todo a consecuencia de que alguien no entienda el valor de viajar a través del tiempo y espacio desde un sillón y con un libro en la mano, sufrimos de hostigamiento laboral y de abuso de poder. No soy yo, somos 19 profesores que entendemos la necesidad de ambientes propicios para el aprendizaje, la necesidad de la felicidad simple de leer, la importancia de generar individuos que entiendan su entorno y entonces lo transformen, la trascendencia de no perder más individuos en el espacio de lo intrascendente.
¿Quién se suma a ese cause que no escucha y no entiende las necesidades de la gente? ¿Qué autoridades, qué medios de comunicación, van en ese mismo camión de la ignorancia, a toda velocidad y sin frenos? Nosotros estamos día y noche en esta escuela tomada, y escuchamos con sorpresa las voces que se levantan alrededor, vemos la polvareda de las mentiras, la inoperancia de los sindicatos, la urgencia de los padres de familia, los destellos de la locura, la brutalidad del ego, la muralla del poder. Desde aquí miramos el ir y venir de reporteros, de abogados, de los que se llaman autoridades, bien peinados, bien vestidos, ¿buenos lectores?, a intentar dirigir nuestras vidas.
Entonces, mejor aquí seguimos.
