Nos vamos acostumbrando a la miseria,
probablemente nunca en la historia habíamos tenido tanto acceso a la
información. Violaciones, asaltos, fraudes, asesinatos, desapariciones, abuso
de poder, tráfico de personas, violación a los derechos humanos... Un poco, un
montón cada día. Nuestros ojos se acostumbran a la primero deslumbrante imagen
de nuestro país en llamas, luego a la dosis diaria de
violencia y crueldad.
Los ciudadanos tomamos varias
posturas ante eso (a veces involuntariamente): como víctimas, como
victimarios (con o sin la conciencia de lo que hacemos), como espectadores
accidentales, como público que guarda silencio o como espectadores que
gritamos, que decimos, que denunciamos. Lidya Cacho ha pasado, intuyo, por
varios de estos "momentos" humanos de la ciudadanía en México.
La realidad viene aderezada, es una
mezcla de ideas de lo correcto y de lo incorrecto, también una imposición de la
medida de lo tolerable y de lo intolerable, de lo que es de buen o mal
gusto. Casi nadie aplaude a una manifestación, a una queja pública, a un grupo de hombres armados
con machetes, por ejemplo; la desnudez es mal vista, o cerrar calles, o tomar edificios públicos. Hay una especie de intolerancia ante lo que nos parece inapropiado, que no es sino el tono que quiere darle el poder a la vida social;
y entonces esas posturas de las que hablaba derivan en dos tipos de personas: el intolerante, exagerado y mamón que se queja por todo, o bien, en el
que resuelve o espera que las cosas se arreglen
por las vías de la legalidad.
Parece fácil hasta que entiendes que la
"legalidad" es una falacia en México, es decir, hasta que esos mismos
gritones, que son minoría, lo entienden, porque la generalidad permanece en la
penumbra de lo que creen una luminaria nacional. Y esos gritones, esos que
alzan la voz, esos que se quejan, hacen entonces una pequeña o gran
diferencia: de pronto hay quien que dice, quien habla en medio de la
esterilidad noticiosa y da una imagen inesperada que muchos no quieren
entender: la de la realidad desnuda.
Así es Ludya Cacho, alguien que
incansable nos dice, nos susurra, nos grita "mira esto, entiende
esto".
Carlos
Antonio Santamaría Díaz, un niño de nueve años de edad graduado en el diplomado
de bioquímica y biología molecular de la Facultad de Química, de la Universidad
Nacional Autónoma de México, sorprendió al pleno de la Cámara de Diputados
cuando se le preguntó:
–¿Te gustaría ser diputado?
–¡No, yo no quiero ser diputado, no quiero ser como ustedes; yo quiero ser científico!
–¿Te gustaría ser diputado?
–¡No, yo no quiero ser diputado, no quiero ser como ustedes; yo quiero ser científico!
Ese niño comprende de las cosas a temprana
edad; para muchos, los normalizados, es un maleducado, un indeseable que
mejor será que estudie y viva en el extranjero, y que nos deje en paz con la
basura que soportamos aquí.
No es trivial, la denuncia pública juega
un papel fundamental en la sociedad, puede ser la diferencia entre vivir o
morir, entre encontrar o perder, entre la justicia y la impunidad. Si lo
pensamos bien, la vida sería mucho más terrible sin esos personajes bien
informados, dispuestos a no callar a pesar de las amenazas contra su vida, que
piensan en los demás como si fueran ellos mismos. Ellos, ella, Lidya, son
nuestros héroes, nuestras heroínas de a pie, a golpe de publicación, los que
necesitan de nuestras lecturas, de nuestras reflexiones... Y también de
nuestros gritos.
Gritemos juntos.
(nota citada: http://www.jornada.unam.mx/2016/03/30/politica/010n3pol)
(nota citada: http://www.jornada.unam.mx/2016/03/30/politica/010n3pol)
