miércoles, 30 de marzo de 2016

Gritos





Nos vamos acostumbrando a la miseria, probablemente nunca en la historia habíamos tenido tanto acceso a la información. Violaciones, asaltos, fraudes, asesinatos, desapariciones, abuso de poder, tráfico de personas, violación a los derechos humanos... Un poco, un montón cada día. Nuestros ojos se acostumbran a la primero deslumbrante imagen de nuestro país en llamas, luego a la dosis diaria de violencia y crueldad.

Los ciudadanos tomamos varias posturas ante eso (a veces involuntariamente): como víctimas, como victimarios (con o sin la conciencia de lo que hacemos), como espectadores accidentales, como público que guarda silencio o como espectadores que gritamos, que decimos, que denunciamos. Lidya Cacho ha pasado, intuyo, por varios de estos "momentos" humanos de la ciudadanía en México.

La realidad viene aderezada, es una mezcla de ideas de lo correcto y de lo incorrecto, también una imposición de la medida de lo tolerable y de lo intolerable, de lo que es de buen o mal gusto. Casi nadie aplaude a una manifestación, a una queja pública, a un grupo de hombres armados con machetes, por ejemplo; la desnudez es mal vista, o cerrar calles, o tomar edificios públicos. Hay una especie de intolerancia ante lo que nos parece inapropiado, que no es sino el tono que quiere darle el poder a la vida social; y entonces esas posturas de las que hablaba derivan en dos tipos de personas: el intolerante, exagerado y mamón que se queja por todo, o bien, en el que resuelve o espera que las cosas se arreglen por las vías de la legalidad.

Parece fácil hasta que entiendes que la "legalidad" es una falacia en México, es decir, hasta que esos mismos gritones, que son minoría, lo entienden, porque la generalidad permanece en la penumbra de lo que creen una luminaria nacional. Y esos gritones, esos que alzan la voz, esos que se quejan, hacen entonces una pequeña o gran diferencia: de pronto hay quien que dice, quien habla en medio de la esterilidad noticiosa y da una imagen inesperada que muchos no quieren entender: la de la realidad desnuda.

Así es Ludya Cacho, alguien que incansable nos dice, nos susurra, nos grita "mira esto, entiende esto".



Carlos Antonio Santamaría Díaz, un niño de nueve años de edad graduado en el diplomado de bioquímica y biología molecular de la Facultad de Química, de la Universidad Nacional Autónoma de México, sorprendió al pleno de la Cámara de Diputados cuando se le preguntó:
–¿Te gustaría ser diputado?
–¡No, yo no quiero ser diputado, no quiero ser como ustedes; yo quiero ser científico!

Ese niño comprende de las cosas a temprana edad; para muchos, los normalizados, es un maleducado, un indeseable que mejor será que estudie y viva en el extranjero, y que nos deje en paz con la basura que soportamos aquí.



No es trivial, la denuncia pública juega un papel fundamental en la sociedad, puede ser la diferencia entre vivir o morir, entre encontrar o perder, entre la justicia y la impunidad. Si lo pensamos bien, la vida sería mucho más terrible sin esos personajes bien informados, dispuestos a no callar a pesar de las amenazas contra su vida, que piensan en los demás como si fueran ellos mismos. Ellos, ella, Lidya, son nuestros héroes, nuestras heroínas de a pie, a golpe de publicación, los que necesitan de nuestras lecturas, de nuestras reflexiones... Y también de nuestros gritos.

Gritemos juntos.

(nota citada: http://www.jornada.unam.mx/2016/03/30/politica/010n3pol)