domingo, 7 de diciembre de 2014

Revolución




Se habla de revolución en México, pero es complejo definirla en los términos del poder, o en los términos de los apasionados. En todo caso, la revolución es deseable, y más que eso, necesaria. La revolución de nuestras ideas, de nuestras esperanzas, de la manera en la que entendemos la realidad. La permanencia es lo contrario, el sometimiento. Ya la definición de la estabilidad es difícil cuando estamos instalados en la comodidad de una época.

Comodidad: aburguesamiento, placer. Entonces, ¿a la revolución la motiva la incomodidad? Me cuesta trabajo entender las razones del pueblo como la búsqueda de la igualdad, del reparto equitativo de justicia y riqueza. ¿Existe la plena razón de la naturaleza de nuestra desdicha, de nuestra felicidad los viernes por la noche? Los miles de muertos, los miles de desaparecidos debieran ser suficientes; podemos ser pobres, pero cuando no alcanza para las ideas, estamos jodidos.

¿Quién habla de revolución? Los pobres de mi colonia no hablan de revolución, ni los más pobres de la nación. De la revolución se habla en las redes sociales, como si “sociales” fuera un gran reflejo de la sociedad. ¿De qué clase de revolución se habla? ¿Revolución obrera, campesina, de la revolución de las masas?, ¿de la clase media, de los intelectuales, de los bien informados? ¿Cuántos somos los bien informados?

Por primera vez Facebook, Twitter son elementos para la dispersión de la información. Los memes hacen su aparición ¿para bien de los pobres, de los desprotegidos, de los más abusados, reprimidos? O es una cuestión más simple: la concreción de la diferencia entre los que más tienen y los que no tienen tanto, que no es lo mismo que los que no tienen nada. Los que no tienen nada buscan a sus muertos. La guerrilla siempre ha estado ahí, en el Guerrero de todos los muertos. Los zapatistas nos acompañan desde hace décadas, ¿y nosotros los acompañamos?, ¿no era esa, la rebelión zapatista, una búsqueda de la revolución más incluyente, digamos?

Me gusta mirar a la gente en la calle, que pregunten por nuestros 43, pero más me gustaría una razón universal que al menos abarque a México. No hay trenes para llevar ideas, armas o sublevados. ¿Cuáles son nuestros medios, nuestros pies, con qué llegamos a todas las cabezas?

La televisión, tiene que leerse con claridad, es la voz fuerte y franca de muchos de nosotros. El lenguaje es ese: el romanticón, el esperanzador, el ingenuo, el de la ignorancia, el poco profundo que no puede transmitir las ideas complejas de una revolución total.

El lenguaje, entonces, no le pertenece a la totalidad, y la comunicación es una vía rota. ¿Es posible la transformación con esos rudimentos? ¿Todos tenemos acceso a la internet, a los libros, a la información?

El poder sigue presumiendo que estos gobiernos son resultado de una revolución. Para qué otra, entonces. O, ¿lograremos que el presidente renuncie, que llore, que de discursos alentadores, que haga pactos; que la gente que ostenta el poder lo abandone por carreras artísticas, que los que más tienen donen su dinero, que los que son pobres donen su sabiduría y su nostalgia por Los ricos también lloran? Hay tantas cosas por hacer en estos tiempos y en todos los tiempos, pero entiendo a la verdadera revolución como la que transforma todas las vidas, todos los saberes, aquella que es envolvente, aquella que tiene que ver con la educación para el bien común.

(Texto publicado en el suplemento Palabra)

jueves, 4 de diciembre de 2014

¿Superarlo?




“Ya, supéralo”, es una frase común en el mercado del lenguaje cotidiano, una manera de burlarnos de la importancia que le damos a ciertas cosas, de minimizar para olvidar.

En Peña Nieto sonó lapidario. No dijo “ya supéralo”, dijo “marca la historia de Guerrero y del país”, pero “superemos esta etapa” y “demos un paso hacia adelante”. En sus palabras está implícita la importancia del evento y el futuro como un espacio nacional donde impera el olvido. De eso se ha tratado nuestra historia: de la deformación de los hechos y de la desmemoria.

Su propuesta es la más vulgar, precisamente, pero también es la más conveniente para el poder. El olvido implica su permanencia, no su cuestionamiento, el olvido implica el silencio de quienes piden su renuncia, de quienes piden que aparezcan 43, y miles. El olvido es el silencio de millones de personas.

Nadie quiere gritos aquí, ahí, es decir.

Las palabras de Peña, del aún presidente (para no confundir), se dieron en el marco de un evento mil veces repetido en el accionar de los políticos: la inauguración de “algo”, carretera, edificio, puente... Qué más da. “Para que sea el desarrollo lo que nos permita propiciar paz y armonía entre la sociedad y eso depende de todas y de todos, de la sociedad y del gobierno”. Es extraño que hable de paz y armonía, como en un cuento infantil, con miles de muertos, con miles de los que no se sabe su paradero. ¿Guardar silencio, inaugurar un puente, dejar de salir a las calles, dejar que se vulneren nuestros derechos asegura la paz y la felicidad?

La sociedad es, entiendo, partícipe y corresponsable de lo que sucede, pero la sociedad es históricamente manipulada por los medios de comunicación, por la educación formal (y estrecha), al vaivén las necesidades de otros. Sin embargo, en este momento de repentino malestar, del instante de lucidez social, es cuando nos enfrentamos a la absurdo discurso de nuestros políticos: “superemos esta etapa”.

En todas las líneas de la sociedad se libra una batalla: con los medios de comunicación, en las calles, en los municipios que ven mermada su autonomía, en las universidades infiltradas por militares, en las marchas infiltradas por policías... En términos de legislación es probablemente la peor época de muchas décadas, y continúan. Es probablemente un atisbo de lo que se llama revolución (cuestionable, sin bases ideológicas, sin que la generalidad participe, sin que se involucren los más necesitados), pero ese mismo pequeñísimo rasgo de rebeldía habrá que defenderlo con los dientes, con las palabras, con los sueños de algunos, de los informados, de los que tienen Twitter o Facebook... Con los que apagan la televisión.

Va pues, por los politécnicos, por los universitarios, por los normalistas, por los que entienden un poco mejor estos temas que al fin, tienen que ver con la justicia y la libertad, como si se tratara de una historieta gringa, pero en uno de los países más violentos del mundo: México. Pero habría que pensar como podría ser este un movimiento que involucrara a todos, a los más desprotegidos, a los hermanos que no tienen un teléfono inteligente, ni un librero repleto de ideas.

El gobierno federal es “gran aliado” de los guerrerenses, afirmó Peña Nieto, imagínate eso.

(La foto es de la compa Rocío)