miércoles, 29 de octubre de 2014

El lenguaje de siempre (pensar con una pistola en la mano)



El silencio de las autoridades se va diluyendo, después de las primera semanas de presión social por la desaparición de los 43 estudiantes de Ayotzinapa. La situación era tan delicada y tan vigilada por algunos medios y grupos sociales, que cualquier movimiento o declaración fuera de lugar era un seguro escándalo. Era una conjugación compleja: el movimiento de los estudiantes del IPN y el caso de los militares en el Estado de México en donde murieron 21 jóvenes, incluso el asesinato de la tuitera en Tamaulipas y el estudiante muerto durante el Festival Cervantino. Un caldo nutritivo para la rebelión, para el despertar social, para el fin de la pasividad de la gente.

Sin embargo, la posición gubernamental se va fortaleciendo, la cargada se ha visto venir desde el mismo PRI, que arremete en río revuelto contra Andrés Manuel López Obrador, y desde la óptica siempre conservadora, y entonces cómplice, del presidente Enrique Peña Nieto: “Alcanzar el país que anhelamos, que soñamos, el que venimos moldeando y armando entre todos, depende de una gran sinergia, de un esfuerzo compartido entre gobiernos y sociedad, porque aquí importa el quehacer de cada mexicano”.

Suena lindo, pero la realidad dista mucho del discurso conciliador, la realidad son miles de desaparecidos en un medio, señor presidente, en donde no se privilegia el respeto ni la igualdad, ni la diversidad, ni la legalidad. Esas palabras en el contexto de un gobierno que se ha preocupado por privilegiar al capital privado, en donde prevalece la impunidad, suena a basura, señor presidente. Mejor quedarse callado, pero eso es algo que no puede hacer el poder en ACCIÓN. “Aplicar la ley sin distinciones”, dice el señor presidente, cuando históricamente se han pisoteado los derechos de los más desprotegidos, de los que menos tienen.

Por supuesto, el nuevo gobernador, Rogelio Ortega Martínez, ya hizo el primer llamado en este esquema del poder en México: “encauzar las manifestaciones y hacerlas dentro del contexto de la ley”. Que pobre y que familiar me resulta esto, como el preludio de la represión misma. Sin embargo, agrega el gobernador interino: “si es exponer mi vida, eso es lo de menos”, y que valiente suena el hombre... y amigable y solidario (¿con quién?):” a las madrecitas y padres de familia les quiero pedir que confíen en mí, que yo caminaré con ellos. Le pedí al presidente (Enrique) Peña Nieto caminar en este objetivo pensando en el escenario deseable, pensar en que están vivos y que podamos recuperarlos”.

Yo que las madrecitas me andaba con cuidado, pues un político en estos tiempos no es de fiar. Mira que ni al padre Solalinde le perdonaron la franqueza, ojalá no se traguen esa basura tan masticada del lenguaje gubernamental.

Notas consultadas:

domingo, 26 de octubre de 2014

43




Creo que nunca le he deseado la muerte a alguien, no en serio, y no recuerdo haberlo hecho en broma. Ya la muerte de algunos animales me parece escandalosa, pero la muerte de la gente en ciertas circunstancias me parece un tema de dimensiones monstruosas.

Sigo consternado, pero no quiero olvidar, no quiero acostumbrarme, no quiero asimilar la desaparición de 43 estudiantes. No quiero dejar de sentir vergüenza, no quiero reírme de cosas vacías, estúpidas. Pero si, me gana la risa, aunque la risa sea agria, sea de burla, de... Tampoco quiero decir palabras desaconsejadas en estos medios, medias palabras, palabrotas que describan mejor a las autoridades, al poder, a las instituciones.

Sigo sin entender. Las palabras a la medida: injusticia, crueldad, necedad, maldad, estrechez, corrupción, poder, ignorancia... Sigo sin conciliar las ideas, la razón con la realidad.

43 de nuestros alumnos, de nuestros maestros, de nuestros hermanos, de nuestros hijos, de nuestros padres, de nuestros compañeros... 43 de nosotros mismos no aparecen. Aparecen otros, también sin rostro, también calcinados, también mutilados, humillados hasta la pudrición de sus cuerpos; pero de 43 sólo rumores, lamentos, dolores que me dan porque puedo imaginar lo que vivieron hasta cerrar sus ojos. 43 que seguramente no entendieron lo que estaba sucediendo, que amagaron con pensarse en sueños, en esos malos sueños, pesadillas. 43 que no despertaron en sus camas, que no llegaron a casa, que no gritarán ni escribirán cartas, que no estarán frente a grupo.

En México la gente se muere de pensar. En México la gente se muere de leer, de salir a la calle, de sentarse a mirar el horizonte incendiado. En México balbucea la razón mientras vociferan las balas, candentes, cegadoras. En México a los estudiantes, amigos, almas en pena, los rocían con diesel y los queman. En México reina la paz de los desaparecidos.

43 somos un chingo.

Haciendo cuentas, nos faltan miles más 43. También nos faltan huevos, nos falta aquello que llaman dignidad, y nos sobra alegría obscena. Nos sobra necedad, nos sobra fiesta y nos falta un rencor transformador, y 43 también. Nos sobran canales de televisión, nos sobran ricos, nos sobran diputados y senadores, nos sobran palabras vacías. Pero nos falta abrir más los ojos, y encontrar a aquellos que de tan abiertos que los tenían, se han llenado de tierra, o de gusanos, o de flores, o de oscuridades que no se pueden medir.

Nos faltan 43, y no está bien olvidarlos. Regresemos sobre nuestros pasos y encontrémoslos, y encontrémonos al mismo tiempo.

miércoles, 1 de octubre de 2014

Que no se nos olvide



Aún me puede sorprender la violencia en México: “Policías disparan a normalistas en Iguala”. Históricamente los estudiantes han dado la cara y la sangre por las causas perdidas, pero en este caso no se trataba de una revuelta estudiantil: con claridad sólo se trató de una cotidiana toma de autobuses y una agresión desmedida de policías municipales y federales. “Al parecer alguien los contrató para que vinieran a hacer desmadres”, dijo el alcalde de Iguala, con ese lenguaje tan colorido de los políticos con aire de pueblo y entrañas de diputado o senador.

(Aterrador desde cualquier óptica son los más de 40 desaparecidos, que se exigen vivos, como si no supiéramos lo que usualmente sucede en este país).

En la Ciudad de México, la multitudinaria marcha de los burros nada tontos del Instituto Politécnico Nacional, con demandas muy precisas en lo que respecta a su educación. Mínimo me parece decente, apropiado para quien se hace responsable de su aprendizaje, en otra de esas muestras sorprendentes de que en el colectivo del pueblo hay espacios humanos en donde existe noción de la basura que se nos da a comer cada día. "Hemos detectado la presencia de estudiantes que no son del Politécnico... una mezcla extraña de gente... un movimiento político", dijo Yoloxóchitl Bustamante, directora general del IPN, con tonos de intransigencia policial y dentros de secretaria de gobernación.

(Debo añadir el encanto de mirar a la UNAM y el Politécnico, y la UAM, en un entendimiento lejos de las canchas).

Por esos rumbos de Zacatenco y el Casco de Santo Tomás, se nos fue Raúl Álvarez Garín, politécnico emblemático del movimiento estudiantil del 68, luchador social, militante de la izquierda mexicana más decente. Álvarez Garín, inconforme como los que miran con claridad y a distancia, participó en movimientos estudiantiles, magisteriales, campesinos y obreros. Ya no hay muchos así. “Sin él no habría La noche de Tlatelolco. Sin él no habría ese líder valiente y justiciero, capaz de permanecer meses, semanas y días en huelga de hambre (...), sin él jamás se habría dado el juicio que lo hizo llevar a Luis Echeverría al banquillo de los acusados”, escribió Elena Poniatowska, con aliento amoroso lucidez magnífica, por encima de la nata putrefacta de la dictadura mexicana.

(Ayer, el secretario de gobernación, Osorio Chong, sorprendió a propios y extraños dialogando con los estudiantes fuera de su búnker. No se esperaba menos ante la delicada, la fina capa de estabilidad en un país que se tambalea. Más interesante es entender que en un gobierno no gobiernan imbéciles necesariamente, sino una tropa bien malintencionada, con objetivos nítidos y por tanto, temible).

Pero aquí que lejos estamos, que distantes se escuchan los gritos, los lamentos, los recuerdos. Tomamos el microbús y vamos mirando por la ventana las calles olvidadas de las Lomitas o las calles bien peinadas del centro, y nos abrigamos con la falsa certeza de la seguridad. Parece que olvidamos, pero la gran mayoría de nuestros vecinos no puede hacerlo por la simple razón de que no lo sabe, nunca tuvo algo para recordar.


Fuentes: