“Ya, supéralo”, es una frase común
en el mercado del lenguaje cotidiano, una manera de burlarnos de la
importancia que le damos a ciertas cosas, de minimizar para olvidar.
En Peña Nieto sonó lapidario. No dijo
“ya supéralo”, dijo “marca la historia de Guerrero y del
país”, pero “superemos esta etapa” y “demos un paso hacia
adelante”. En sus palabras está implícita la importancia del
evento y el futuro como un espacio nacional donde impera el olvido.
De eso se ha tratado nuestra historia: de la deformación de los
hechos y de la desmemoria.
Su propuesta es la más vulgar,
precisamente, pero también es la más conveniente para el poder. El
olvido implica su permanencia, no su cuestionamiento, el olvido
implica el silencio de quienes piden su renuncia, de quienes piden
que aparezcan 43, y miles. El olvido es el silencio de millones de
personas.
Nadie quiere gritos aquí, ahí, es
decir.
Las palabras de Peña, del aún
presidente (para no confundir), se dieron en el marco de un evento
mil veces repetido en el accionar de los políticos: la inauguración
de “algo”, carretera, edificio, puente... Qué más da. “Para
que sea el desarrollo lo que nos permita propiciar paz y armonía
entre la sociedad y eso depende de todas y de todos, de la sociedad y
del gobierno”. Es extraño que hable de paz y armonía, como en un
cuento infantil, con miles de muertos, con miles de los que no se
sabe su paradero. ¿Guardar silencio, inaugurar un puente, dejar de
salir a las calles, dejar que se vulneren nuestros derechos asegura
la paz y la felicidad?
La sociedad es, entiendo, partícipe y
corresponsable de lo que sucede, pero la sociedad es históricamente
manipulada por los medios de comunicación, por la educación formal
(y estrecha), al vaivén las necesidades de otros. Sin
embargo, en este momento de repentino malestar, del instante de
lucidez social, es cuando nos enfrentamos a la absurdo discurso de
nuestros políticos: “superemos esta etapa”.
En
todas las líneas de la sociedad se libra una batalla: con los medios
de comunicación, en las calles, en los municipios que ven mermada su
autonomía, en las universidades infiltradas por militares, en las
marchas infiltradas por policías... En términos de legislación es
probablemente la peor época de muchas décadas, y continúan. Es
probablemente un atisbo de lo que se llama revolución (cuestionable,
sin bases ideológicas, sin que la generalidad participe, sin que se
involucren los más necesitados), pero ese mismo pequeñísimo rasgo
de rebeldía habrá que defenderlo con los dientes, con las palabras,
con los sueños de algunos, de los informados, de los que tienen
Twitter o Facebook... Con los que apagan la televisión.
Va
pues, por los politécnicos, por los universitarios, por los
normalistas, por los que entienden un poco mejor estos temas que al
fin, tienen que ver con la justicia y la libertad, como si se tratara
de una historieta gringa, pero en uno de los países más violentos
del mundo: México. Pero habría que pensar como podría ser este un
movimiento que involucrara a todos, a los más desprotegidos, a los
hermanos que no tienen un teléfono inteligente, ni un librero
repleto de ideas.
El
gobierno federal es “gran aliado” de los guerrerenses, afirmó
Peña Nieto, imagínate eso.
(La foto es de la compa Rocío)

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