Cuando Volaris, o Concesionaria Vuela
Compañía de Aviación S.A. de C.V, se inauguró en el año 2006,
muchas personas que nunca habían viajado en avión, lo hicieron. Se
trataba de una empresa de bajo costo en la que había manera de pagar
incluso en la oficina de telégrafos, y que al menor retraso reponía
el vuelo con otro. Antes estaban también Aerocalifornia y Aviacsa,
pero ambas están suspendidas por la Secretaria de Comunicaciones y
Transportes, para beneficio directo, resulta obvio, de Volaris.
Viajar en Volaris parece que sigue
siendo una opción no tan mala, con una oleada de descuentos para
viajar en temporadas que no sean las más asequibles (vacaciones o
días festivos), y cuando no se trata de un viaje planeado con poco
tiempo de anticipación; de otra manera, comprar un boleto resulta
oneroso y frustrante. Pero no se trata sólo eso, la nueva política
de la aerolínea es cobrar por ciertos servicios (escoger asiento en
algunos lugares del avión, imprimir el pase de abordar en
aeropuerto, sobre equipaje y seguros de viajero...), y hasta aquí
podríamos entenderlo. Lo que me pareció sorprendente es que desde
el 4 de diciembre, durante vuelo, cobren hasta el agua, cuanto hace
algunos años daban comida en viajes largos, posteriormente
refrigerios y bebidas gratis en viajes cortos.
El eslogan principal
de la aerolínea en ese sentido es: “Entre nubes, todo sabe más
rico” (¿porqué no “entre LAS nubes”?, ¿por recordarnos la
palabra “entremeses”? No es claro). Y no deja de maravillarme
ese optimismo publicitario con el que nos venden los cambios (¿qué
tan bueno puede ser que te cobren lo que antes te daban como parte de
la cortesía del vuelo?). Lo que sigue en el menú es abusivo: una
bebida 25 pesos (en el aeropuerto cuesta 20, y ya es caro), un pan 30, un
sandwich 70, un café de sobre 25 pesos... Claro, los mensajes bobos
abundan: “Viaja con tanque lleno con nuestras opciones para
mantenerte bien hidratado todo el viaje”, “Los pequeños detalles
hacen que tu viaje sea más dulce, encuentra una rica opción para tu
viaje”, “... viaja ligero...”, “... buen sabor de vuelo...”,
“... recarga motores...”. Torpes, repetitivos, con fórmulas que
quieren ser graciosas.
Mucha gente compra, se acostumbra a la
nueva regla, pareciera de mal gusto quejarse; cobrar sería lo
normal, no regalar nada, acostumbrarnos a que el aire cuesta, que el
agua se tiene que pagar, que la vista, que el bienestar tiene un
precio. La realidad es que la opción que teníamos para ahorrar un
poco y poder viajar con decencia, se aleja de la mayoría, porque a
la mayoría de nosotros no le sobra el dinero.



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