domingo, 16 de marzo de 2014

El policía, nuestro padre




Hace unos días, mientras manejaba a casa, y a penas después de comer unos tacos, mi compañera y yo miramos como se instalaba un retén de policías ¿judiciales? En todo caso, bien armados y en camionetas sin torreta. Habríamos pasar por donde estaban y me dio curiosidad lo que dirían después de vernos: pareja satisfecha de tacos y con un bebé adormilado (nada más inofensivo). Claro, mal encarados nos iluminaron con una pequeña lámpara y buscaron entre nuestras fachas lo ofensivo, y nada encontraron, salvo... Con gesto autoritario uno de ellos le pidió a mi esposa que se abrochara el cinturón de seguridad.

¿Los policías tienen que ostentar la fuerza para ser respetados?

Me dio risa (que disimulé, si no soy estúpido), y por nada y damos vuelta a la calle para pasar de nuevo por el mismo sitio y OBSERVAR a esos hombres que dicen, nos protegen de los malos espíritus (en las denuncias que he hecho a lo largo de mi vida, nada se ha resuelto a pesar de tratarse de casos en los que se tenían pistas muy claras). Pero pensamos con claridad y no jugamos con fuego al pasar doble vez, porque, así es, parece dañino tener cualquier nexo con esa clase de personas: nuestros servidores públicos, en términos de seguridad.

Por supuesto, más de una vez me ha parado una patrulla, con razón o no, y he pagado prontamente mis multas o me he quejado con el juez cuando lo consideré necesario. Nada importante por supuesto (no traer casco, hacer un alto muy breve o incluso responder a una llamada de celular cuando no debería hacerlo), aunque, admito, faltas que no tendrían que ocurrir. Pero el punto es la actitud de los oficiales: imperiosos, mandones, déspotas, dominantes... Y cada que lo recuerdo me da un poco de risa, primero porque no me han golpeado o me han maltratado más allá de los regaños, y segundo porque considero esas actitudes como pueriles, inmaduras y hasta psicóticas.

Los policías me recuerdan a esos padres que se quitan el cinturón ante el primer atisbo de rebeldía, que no dialogan y que siempre creen tener la razón. Y es probable que la tengan, pero tienen además el impulso de regañar, de levantarse sobre del individuo, sobre el ciudadano, y demostrar el poder. ¿Eso esperamos de la seguridad?

Quizá la actitud sea lo de menos, pero si fuera poco, cualquier corporación policiaca es cuestionada por sus nexos con la delincuencia, por la corrupción y por la falta de respeto a los derechos humanos.

Una piedra más en el zapato, o más bien, una roca más sobre nosotros.

1 comentario: