No le puedes dar una palmada en la
espalda a un alumno (a) (podría parecer una agresión, o un
acercamiento sexual).
No le puedes prestar un libro (podría
no ser el libro adecuado, de acuerdo a los criterios de los padres).
No puedes dialogar ampliamente con
ellos (as) (no es claro cuál es el límite de lo que pueden
contarte, de lo que debes saber de él o ella, como humano).
No puedes convivir con ellos (as) a la
hora del receso (se puede interpretar mal).
No puedes integrarlos (as) a tus redes
sociales, ni en términos del trabajo escolar (es peligroso en todos
los sentidos; el espacio abierto es deseable, como una cancha de
fútbol).
No puedes molestarte o indignarte sin
aparentar que “no pasa nada” (eso es una agresión que puede
llevarte al Ministerio Público).
No puedes cambiar su nombre,
diciéndoles “compadre” o “chato”, o “estrella” (igual y
es bullyng).
No puedes platicar de tu vida
(¿adoctrinamiento? ¿fuera del ámbito de tu plan de clase?).
No puedes sacarte una fotografía con
ellos (¿qué se puede pensar de un profesor con esas confianzas?).
No puedes ser sólo un maestro (a)
humano, con alumnos (as) humanos, en una interacción compleja que
difícilmente se puede explicar sólo con términos jurídicos o
sicológicos o sociológicos...
Y cuidado, papás... Un día la
intimidad de su casa, como lo era la vida dentro del aula, puede ser
fiscalizada hasta el hastío y la destrucción de la razón misma,
del objetivo del trabajo en la escuela como una actividad
profesional, pero también de amor.

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