jueves, 16 de marzo de 2017

Sólo Veracruz en lindo



En México, el lugar final de los cadáveres es incierto, en México cualquier lugar en descampado es un buen lugar para desaparecer gente; cualquier río, cualquier llano, cualquier hondonada o valle es buen criadero de gusanos y de muertos. ¿Alguien diría: “aquí está bueno, allá no hay tan buena vista, allá hay mucho mosco”?

Y, ¿qué dijeron antes de morir los aún desconocidos? ¿Cuánto imploraron, cuántos deseos tuvieron antes de cerrar los ojos, en quién pensaron? Quizá alguno contó una historia que no le desgarró nada a nadie, quizá otro más abrazaría la fe en esos malos tiempos, o una más pediría disculpas sin saber por qué.

250 cráneos en Veracruz, ¿veracruzanos?, que cuerpos fuertes, gordos, flacos, lánguidos ostentaron. ¿Mujeres y hombres? ¿Cuántos? Cadenas humanas, árboles de hermanas, hermanos, hijos, padres, abuelos, tías que se extienden de mano en mano, de mirada en mirada. ¿Quién está llorando por ahí, por allá?, ¿quién llora la ausencia de un desconocido descompuesto? De mano en mano, ¿quinientas manos, quinientos pies? esparcidos en un campo que no puedo imaginar sino verde, exuberante, pleno de moscas y de mariposas, y de aires de terror.

“Sólo Veracruz es lindo”, dice la canción. Quizá sea Veracruz un buen lugar para morir, no digo bien morir, más bien mal morir, pataleando, babeando, sangrando por orificios inesperados, mal planeados, rogando por la vida, o por la muerte rápida (¿alguien dijo: “ya, mátame por favor, que sea como la luz, como el rayo, como la abeja zumbando”?).  

Las manos entrelazadas debajo de la tierra, los amores hasta los huesos, las quietudes mortuorias, los corazones que se fundieron en las profundidades hasta lo más íntimo. Si, la intimidad de las fosas clandestinas. “¿Cómo lo quieres hacer?”, en silencio, sin que nadie sepa, sin que nadie escuche. Quietecitos, que nadie grite, que nadie diga nada, que los besos en silencio son mejores, que los que alzan la voz son mal vistos.

“Para que no me de miedo estar abajo”, dice otra canción, y entonces la lógica de las pequeñas multitudes entra en la razón (¿los cadáveres entran en la categoría de muchedumbres?), y la compañía eterna es una ilusión. Al menos hasta que los curiosos llegan con sus palas y sus ganas, los llorosos, los que perdieron a alguien, y desentierran las entrañas, que son del mismo México. Quizá alguien diría: “¿a qué huele por aquí”? Quizá otro respondería: “a perro muerto”. Pero no era un perro, ni muchos, era gente.

Perdón, pero yo prefiero una muerte menos aparatosa, menos escandalosa, menos ordinaria, que lo común va siendo lo terrorífico.

En época de guerra, cualquier hoyo es fosa clandestina.

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