En México, el lugar final de los
cadáveres es incierto, en México cualquier lugar en descampado es un buen lugar
para desaparecer gente; cualquier río, cualquier llano, cualquier hondonada o
valle es buen criadero de gusanos y de muertos. ¿Alguien diría: “aquí está
bueno, allá no hay tan buena vista, allá hay mucho mosco”?
Y, ¿qué dijeron antes de morir los aún desconocidos? ¿Cuánto imploraron, cuántos deseos tuvieron antes de cerrar los ojos,
en quién pensaron? Quizá alguno contó una historia que no le desgarró nada a
nadie, quizá otro más abrazaría la fe en esos malos tiempos, o una más pediría
disculpas sin saber por qué.
250 cráneos en Veracruz, ¿veracruzanos?,
que cuerpos fuertes, gordos, flacos, lánguidos ostentaron. ¿Mujeres y hombres?
¿Cuántos? Cadenas humanas, árboles de hermanas, hermanos, hijos, padres,
abuelos, tías que se extienden de mano en mano, de mirada en mirada. ¿Quién
está llorando por ahí, por allá?, ¿quién llora la ausencia de un desconocido
descompuesto? De mano en mano, ¿quinientas manos, quinientos pies? esparcidos
en un campo que no puedo imaginar sino verde, exuberante, pleno de moscas y de
mariposas, y de aires de terror.
“Sólo Veracruz es lindo”, dice la
canción. Quizá sea Veracruz un buen lugar para morir, no digo bien morir, más
bien mal morir, pataleando, babeando, sangrando por orificios inesperados, mal
planeados, rogando por la vida, o por la muerte rápida (¿alguien dijo: “ya,
mátame por favor, que sea como la luz, como el rayo, como la abeja zumbando”?).
Las manos entrelazadas debajo de la
tierra, los amores hasta los huesos, las quietudes mortuorias, los corazones
que se fundieron en las profundidades hasta lo más íntimo. Si, la intimidad de
las fosas clandestinas. “¿Cómo lo quieres hacer?”, en silencio, sin que nadie sepa,
sin que nadie escuche. Quietecitos, que nadie grite, que nadie diga nada, que
los besos en silencio son mejores, que los que alzan la voz son mal vistos.
“Para que no me de miedo estar abajo”,
dice otra canción, y entonces la lógica de las pequeñas multitudes entra en la
razón (¿los cadáveres entran en la categoría de muchedumbres?), y la compañía
eterna es una ilusión. Al menos hasta que los curiosos llegan con
sus palas y sus ganas, los llorosos, los que perdieron a alguien, y
desentierran las entrañas, que son del mismo México. Quizá alguien diría: “¿a
qué huele por aquí”? Quizá otro respondería: “a perro muerto”. Pero no era un
perro, ni muchos, era gente.
Perdón, pero yo prefiero una muerte menos
aparatosa, menos escandalosa, menos ordinaria, que lo común va siendo lo
terrorífico.
En época de guerra, cualquier hoyo es
fosa clandestina.

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