Son tantos
sentimientos… Los niños jugando en el jardín de plástico (casi El jardín de
cemento, de Ian McEwan), el día del padre (y ese devenir de los días que se
festejan en nada, en simples días), mi gastroenteritis que literalmente me tiró
el día de ayer… Entre eso, mirar ganar a la selección nacional no me supo a nada.
A pesar de ser
impopular, la selección nacional me sabe en éstos tiempos a una distracción
terrorífica. Catarsis, dijeron en el Times, pero no estoy seguro de que sea el
momento adecuado.
El fútbol siempre
me ha gustado, y he mirado partidos abrumado por la emoción, pero hay un dejo
de necedad, de abrumadora ceguera en el entramado nacional de ésta época; la
gente celebra de forma irracional, como cuando se es feliz, feliz de las cosas
simples. Quizá ese sea el verdadero amor, el que se siente por lo que no tiene
sustancia, por lo que no tiene razón y aún así se desea, se pretende, se goza.
¿Se privatiza el
agua? A quién le importa, el Chucky Lozano metió un gran gol; alguien en
Alemania izó la bandera mexicana, aquí algunos quemaron la alemana…
Me sorprenden, en
la revoltura del río, mirar a los simpatizantes del PRI, o del PAN, pero ya no
tanto. Merecen, merecemos, cada gota de sangre que se derrama, cada
desaparecido… Merecemos cada acto de corrupción, cada robo, cada hectárea que
se deforesta, cada esquina rebosante de basura… Merecemos el miedo para
nuestros hijos, la perrada que les espera. Lo merecemos, ¿lees bien?
Pero que viva México,
gritamos con la boca mosqueada, con las vísceras contenidas con un hilo al que
llamamos estabilidad social, y también futuro prometedor… Que viva México
mientras los mexicanos mueren.

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