lunes, 18 de junio de 2018

Viva México




 

Son tantos sentimientos… Los niños jugando en el jardín de plástico (casi El jardín de cemento, de Ian McEwan), el día del padre (y ese devenir de los días que se festejan en nada, en simples días), mi gastroenteritis que literalmente me tiró el día de ayer… Entre eso, mirar ganar a la selección nacional no me supo a nada.

A pesar de ser impopular, la selección nacional me sabe en éstos tiempos a una distracción terrorífica. Catarsis, dijeron en el Times, pero no estoy seguro de que sea el momento adecuado.

El fútbol siempre me ha gustado, y he mirado partidos abrumado por la emoción, pero hay un dejo de necedad, de abrumadora ceguera en el entramado nacional de ésta época; la gente celebra de forma irracional, como cuando se es feliz, feliz de las cosas simples. Quizá ese sea el verdadero amor, el que se siente por lo que no tiene sustancia, por lo que no tiene razón y aún así se desea, se pretende, se goza.

¿Se privatiza el agua? A quién le importa, el Chucky Lozano metió un gran gol; alguien en Alemania izó la bandera mexicana, aquí algunos quemaron la alemana…

Me sorprenden, en la revoltura del río, mirar a los simpatizantes del PRI, o del PAN, pero ya no tanto. Merecen, merecemos, cada gota de sangre que se derrama, cada desaparecido… Merecemos cada acto de corrupción, cada robo, cada hectárea que se deforesta, cada esquina rebosante de basura… Merecemos el miedo para nuestros hijos, la perrada que les espera. Lo merecemos, ¿lees bien?

Pero que viva México, gritamos con la boca mosqueada, con las vísceras contenidas con un hilo al que llamamos estabilidad social, y también futuro prometedor… Que viva México mientras los mexicanos mueren.

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