Un pionero de la medición de la
desigualdad, Vilfredo Pareto, definió a las élites de acuerdo a un modelo
dicotómico de la población: el inferior o la clase no
selecta y el superior, la clase selecta o élite, que a su vez se divide en dos:
la clase selecta de gobierno y la clase selecta de no gobierno; es decir,
en términos concretos, entre gobernados y gobernantes
(más aún, cuando la élite del no gobierno, que puedo entender como la
burguesía, se involucra constantemente como autoridades, haciendo difícil de
identificar esa división social).
A partir de esa enunciación, Pareto sitúa al sentimiento como fuerza dominante
de la conducta social, dejando a la lógica un papel residual. Afirma que la
élite se mueve en función de sus intereses, mientras que las clases inferiores
y sometidas son impulsadas por el sentimiento.
¿Qué sacar de lo anterior? Una
explicación fina es la utilización de cualquier medio, por la élite, para
satisfacer sus intereses, lo que fomenta el sentimiento social
dentro de los subordinados.
¿A qué llamar sentimiento social?, ¿a la búsqueda de la
igualdad, de la justicia?, ¿al dominio de la acción no lógica, al predominio de
los sentimientos sobre la razón? Pero, ¿cómo conviene la sin razón a las clases
dominantes? De la razón deriva el entendimiento de la realidad, y de su
correcta lectura el entendimiento del entramado social en donde se ubica el
individuo. La sin razón es débil argumentalmente, y los juicios que esgrime
la élite parecen fundados en lo contrario, en la lógica que los establece en la
cúpula, en la estancia del poder.
Me atrevo a pensar que la lógica de los
desgraciados, de los gobernados, del proletariado, de las clases dominadas, se
funda en la fantasía, en la lectura pobrísima de la realidad.
A propósito de las recientes votaciones
en la localidad, hay líneas interesantes que me parece importante rescatar:
Resulta obvio que el mayor daño fue el
abstencionismo (¿en dónde estaban casi trecientos mil votantes en un domingo
soleado en la ciudad de Ensenada?).
Efectivamente, podría haber algunos miles
de votos perdidos (¿para qué partido?), pero este "sentimiento" domina sobre la responsabilidad de asumir que a la generalidad le importa poco el devenir de la ciudad y sus ciudadanos.
Probablemente el mayor fraude se efectúa
antes de la elección, con el manejo de los medios, con los acuerdos, con la compra
y venta de votos (¿quién paga, quién está interesado en llegar al poder
o mantenerse en él?), pero en este rubro es complicado razonar con las autoridades (o esgrimir argumentos lógicos, demostrables).
El PAN no parece sorprendido con SU
SEGUNDO LUGAR, y con cierta lógica, como segundos, debería recaer en ellos la responsabilidad de la queja, de la lucha, pero no es así (¿hay acuerdos que desconocemos?).
La emoción, los sentimientos, ¿la sin
razón? la pone el independiente (¿podría ser que los beneficiados de un
recuento de votos fueran los panistas?).
Importante también:
¿Sólo se busca la justicia cuando nos
involucra cercanamente?
¿Sólo debe ser importante que existan
votaciones justas en la localidad? ¿El fraude en las elecciones nacionales pasadas no era importante?
¿La indignación no debe de involucrar
todos los aspectos de la vida social: educación, economía, salud, justicia
social?
Y pudiéramos abordar algunas “minucias”: ¿No
debiéramos estar atentos a la problemática de los campesinos en San Quintín? (¿Quién
de los candidatos se estableció en la incomoda realidad de ese Valle?).
Vamos entendiendo a la realidad con otra
profundidad, con otra extensión. En la transformación, en la revolución,
también hay otra versión de los sentimientos, se llama utopía.
(Texto en cursivas: http://ssociologos.com/2012/06/26/la-sociologia-del-vilfredo-pareto/?utm_source=hootsuite)

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