Al fin el silencio, y aún me sorprende el
discurso de esos cabrones, es decir, de esos políticos bien interesados en el
bien de TODOS. Y en plena veda, llega un mensaje a mi teléfono pidiendo mi voto
por el PRI y sus partidos aliados. ¿No es un delito hacer eso? A quién le
importa, ellos lo mismo lo hacen.
No tengo credencial de
elector, extraviada muy oportunamente, pero si la tuviera, no sabría por quién
votar. Sé por quién no votar, es evidente, pero el conocimiento de los
candidatos por su publicidad no me da para ninguno. NINGUNO. Y no quiero hablar
mal del independiente, pero hace un gran esfuerzo por parecer normal (¿es un
cambio, uno independiente tiene que ser así, común y corriente, un chico de la calle?, o ¿debe ser excepcional?); he escuchado a más de uno
que dice “yo lo conozco, y…”, así justifican su preferencia. ¿Qué conocemos en
realidad de las personas que fueron nuestros compañeros de clase, o de
colonia?, y, ¿qué le perdonamos a los amigos?
Sin embargo, el que alguien se diga
“independiente” ya es algo diferente, ciertamente con una pequeña ventaja: un
¿inepto? que se asoma entre otros ineptos.
Si me preguntaran, mínimamente pediría
esto para un gobernante: educación no tradicional (nada ofrece alguien con
posgrados en escuelas de visión corta, de estilo de compañía de reclutamiento
de personal), compromiso social (no es deseable que presuma que recolecta para la
Cruz Roja, se esperaría experiencia en el verdadero trabajo social no
asistencialista), cultura general (por aquello de una visión amplia de la
realidad, de la vida, por aquello de otras opciones para resolver problemas
complejos)… Honestidad, que viene ligada a la educación, y capacidad para
comunicarse con las personas. Aún todo ello, sin un equipo, resulta estéril, y
aún todo eso sin el apoyo de un grupo de legisladores, de funcionarios de
gobierno con similares características y de la gente con conciencia de la
necesidad de un cambio, no sirve de nada. Luego entonces, la democracia, la
libertad y la justicia, se van ganando a pulso, con el cambio de uno a uno.
Por lo pronto, ¿a quién nos merecemos? Que
bien que no tengo la angustia de tener que decidir, pero sólo queda la perrada
de saber quién nos gobernará, quién nos endeudará, quién robará, o quién se
enfrentará a una mecánica política y social que ni se imagina.

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